jueves, 17 de octubre de 2013

Diario incendiario.

No tengo nada que hacer, pero tampoco quiero dejar que esta cabecita risueña vague minutos y minutos mientras el sueño intenta apoderarse y apartar la locura que se encierra en esas paredes de mármol de carne. Quiero escribir, pero tampoco quiero hacer los mismos temas de siempre, ni uno que sea totalmente ajeno a mí, así que he preferido escribir un pequeño diario personal que en realidad no es diario, sino incendiario de metáforas e ideas baratas cuya fuente son pura diversión, letras de una psicópata empedernida por destrozar cualquier mar de llanto o pensamien
tos desalubres. Y ciertamente, me esta encantando, me llega a emocionar dejar aflorar esas palabras por la boca de la palma de mi mano. Las más descabelladas contradicciones hoy son base de buena vida y de maravillosas sonrisas. ¿Y quién necesita ahora amigos? Mi único amigo es el papel, el bolígrafo y un corazón que los ponga en acción instantánea. Tres palabras que porta usaría mucho. Portadora de felicidad. Quisiese definirme así. Portadora de locura. Quisiese que la gente me definiera como ''esa persona que siempre está alegre, siempre con ganas de vivir, contagia su sonrisa a su alrededor''. Que me señalasen por la calle y gritasen ''Ahí va la loca de Silvia''. Sí. Y sé que ese día no está tan lejos. Y que cada pequeña curva de mis labios, siempre hacia arriba, es un pequeño pero gran paso al sueño que toda persona debería tener. Y se siente tan bien aquí. Rodeada de un incesante sonido de batalla cuerpo a cuerpo entre dedo y tecla. Pero nadie puede ganar, porque los dos al final siempre se funden en uno solo, cuerpo y alma. Esto podría ser un libro. ¡Claro! Imaginar es gratis, igual que divertirse. Sería un buen libro sin duda. Así yo lo creo. Interesante, fascinante... Y todo esto, solo de los pensamientos enrevesados de un pequeño trozo de carne y hueso más. Un trozo de carne viviente e ilusionado, que hoy muestra su sonrisa a través de cada verso flamante como las esquinas cristalinas de los diamantes para teletransportarla, quizá, a la cara de una niña en una imagen soñadora. Y tantas cosas me gustaría decir de repente, en un torbellino que acaba de venir a la mente. Porque así son ellas, las palabras. Cuando las necesitas, se hacen de rogar. Y cuando ya vas a terminar, se agolpan unas detrás de otras por salir primero. Intentando finalizar este cuento del pimiento con historia de auto-biografía-momentánea (¿qué acabaré de haber dicho?), me encuentro satisfecha con la labor realizada, y espero, de corazón, volver a sacarme una sonrisa cuando lo lea, y usted, querido lector, ya verá si se emociona con los gritos silenciosos en forma de letras de un cuerpo masoca y una mente bipolar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario