jueves, 17 de octubre de 2013

Muerte magnética

Lunes. Bonito día. El primer día. El mejor instante para ser feliz. Empezar las cosas bien. Así empezó todo. Un lunes. La mañana en la que las entrañas de la Tierra sucumbieron a un diluvio, al sollozo inquebrantable de la Luna que esparcía sus gotas de bendición sobre este nuevo mundo. Asi comencé yo también. Con los gritos gozosos de una mujer que alentaban a aquella pequeña criatura con cola a ganar a sus hermanos en la carrera, a adentrarse en una cueva oscura e increíblemente acogedora. Tres por tres, nueve. Nueve son los meses que aquella cuerdecita juguetona me alimentó. Nueve son los meses que cada año representan parte de nuestras pesadillas, en esos edificios egocéntricos que nos torturan y se hacen llamar educativos. Nueve segundos, quizá, fueron aquellos en los que mi inocente cabecilla se debatía por salir a aquel sitio lleno de luz blanca, con señores con ropa del mismo color, como si quisiesen demostrar que aquel era el color predilecto, el perfecto, como si pensasen que era incentivo. Nueve los chillidos atormentados del bebé que se asusta ante la magnificencia de un lugar tan grande, hermoso y a la vez decaído, como si avecinase el pobre futuro que esperaba a un mundo donde los lobos mandaban sobre otros que a menudo se comportaban como cachorrillos obedientes, a pesar de tener la revolución a tres metros. Nueve los vaivenes de los brazos de mi madre. Nueve los silencios con ellos y nueve las lágrimas acristaladas de mis ojos. Pero solo son siete los días, y siete los sentimientos. Martes. Día imperfecto para mi gusto. El día de los asentamientos. El día de las discusiones y los descubrimientos. El día de los defectos. Cuando la desesperación busca una grieta hasta el corazón, hábil diablilla ramera. Cuando todo es desconocido. Cuando el miedo apodera tus sentidos y te obliga, de alguna manera, a condenarte a la soledad. Cuando te paraliza un ''qué diran'', cuando te ves presa de las lenguas de las gentes, cuando te conviertes en la diana a los dardos envenenados que te lanzan perras en celo, sangras y derrumbas tu cara contra el suelo. Cuando deseas que las horas sean instantes y son los minutos los que se convierten en días. Miércoles. Día de la adaptación. Buen día, un día mejor. El día en el que conviertes los momentos en esquemas generalizados. El día en que te sacudes el polvo de los pies en el felpudo y te decides a hacerte escuchar. No siempre va bien, pero ya no ves todo tan girado. Como un móvil sin batería que enchufas. Pobre ejemplo para todo lo que puede llegar a significar. Un paso adelante y un cuarto atrás. Jueves. Día de normalidad. Sólo te estás preparando para lo que te espera, aunque ni siquiera lo intuyas. Como la cebra que es atacada por el león, pero los leones son células listas y se esconden tras los drenajes. Estás al pie de una montaña, pero aún no sabes qué altura debes escalar para llegar a tu amada sonrisa. Viernes. Día de... Oh, porfavor, el viernes no se puede llamar día. El viernes es todo y nada. El mejor día, sin duda. Es contradicción, es locura, es diversión. Es una pelea y un abrazo. Una lágrima y una risa. Es un pozo vacío y un mar lleno de agua. Es un universo lleno de estrellas y una habitación sin luces. El momento de decir si y no. De subir al tren equivocado, de ser vagabundo y caballero errante. De decir estupideces. De pensar incoherencias. El momento de enamorarse de tus besos. El momento de añorar tus caricias. El momento de cambiar de traje a todas horas y cada día. De criticar y ser criticada. De decidir. De saltar y tropezarse, de pincharse con la aguja de coser. De vivir y no morir, de sentir y no pensar, de gritar y no callar. Es la revolución con todas sus letras. Sábado. Día de la fruta que madura. Día de replanteamientos. Piensas con la cabeza fría y los pies sobre acero o carretera. Ya no existen esos pintalabios rotos. Ya no están esas pisadas de barro en el pasillo. Y, sin embargo, te sigues escapando de tu torre cada noche, en cada sueño, en cada ida. Ya no te emborrachas de ilusiones, ya no es viernes, ahora te emborrachas de ron barato hasta llegar al éxtasis y a la resaca. Y ves amanecer tu domingo, tirada en algun descampado sucio. Y te levantas. Y caminas hacia el horizonte. Y te drogas con los recuerdos que le robas al tiempo. La adrenalina ha desaparecido por completo, y lo único que te queda es una mente olvidadiza y un corazón completo de momentos. Ya no corres, ya no andas, ya no vuelas. Ahora vagas, como un fantasma descalzo. Hacia el final. Hacia el atardecer. Hacia los colores que se apagan, resurgen y estallan. Bomba. Miras hacia eso, hacia la vida. Das un paso adelante y caes por el barranco. Pero en la oscuridad no hay dolor, sino colchonetas marrones. Y así, acabas, nueve siglos después, hacia tu muerte magnética.

2 comentarios:

  1. awashawasha washa *-------* ya sabes lo que pienso (que te voy a matar cuando te vea. Con amor, claro)

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  2. Jajajajajaja lo sé, y me alegro de que decidas hacerlo :3

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